La IA se ha instalado en nuestra realidad cotidiana y ha sacudido algunos cimientos que pensábamos inamovibles en nuestra práctica docente. La automatización de procesos, la generación de contenidos, la personalización de itinerarios… abren múltiples posibilidades. Sin embargo, cuanto más avanzamos en el despliegue e integración de la inteligencia artificial, más necesario se vuelve preguntarse por los fines educativos de estas herramientas y por el impacto que están teniendo en nuestra sociedad. Dentro de este nuevo paradigma, la formación de los futuros docentes en habilidades técnicas relacionadas con la IA se vuelve insuficiente. Ya no se trata solo de aprender a manejarse en plataformas y algoritmos, sino de ser capaces de interpretar qué significa educar en un mundo atravesado por estas tecnologías.
La IA gestiona datos pero las Humanidades construyen sentido
En la formación docente esto tiene consecuencias directas. Los centros pueden diseñar programas ambiciosos de innovación tecnológica pero, si no incorporan una dimensión humanística fuerte, pueden terminar subordinando la reflexión educativa a la lógica utilitarista de la herramienta. De ocurrir, la pregunta se desplazaría peligrosamente de “qué tipo de sujeto queremos formar” a “qué solución tecnológica podemos implementar”.
Las Humanidades se presentan entonces como una respuesta, a veces incómoda, a la nueva realidad social. Disciplinas como la historia, la filosofía, la literatura o las artes no son un adorno curricular, sino que se tornan en lenguajes privilegiados a través de los cuales podemos ser capaces de hacernos preguntas trascendentes sobre quiénes somos, qué queremos preservar, qué queremos transformar y qué límites no estamos dispuestos a cruzar. Sin estas preguntas, la inteligencia artificial en educación queda reducida a gestión de datos, no a construcción de sentido. Desde esta perspectiva, una educación inspirada en las humanidades no se limita a ‘usar bien’ la tecnología, sino que ofrece la formación necesaria para participar críticamente en la creación de esos nuevos espacios, así como para interpretarlos y comprenderlos.
Como equipos directivos, esta discusión no es abstracta y atraviesa las decisiones que tomamos cada día sobre qué tipo de institución educativa queremos ser. El foco no solo debe estar en cómo incorporar la IA o en el despliegue de un plan digital, sino que debemos decidir si queremos consolidar modelos de consumo educativo estandarizado o transitamos hacia un modelo que forme sujetos capaces de comprender y disputar las reglas de los nuevos espacios digitales. En ese sentido, la dirección adquiere también una dimensión más profunda, pues ya no es únicamente una instancia de gestión, sino un agente que participa activamente en la construcción de marcos de significado, en estructuras propiciadoras de sentido.
Nos enfrentamos a la necesidad de liderar la incorporación inteligente de la IA y de los entornos digitales en los centros mientras que, al mismo tiempo, debemos asegurar que esa incorporación está guiada por una visión humanista de la educación que la dote de sentido. Esto implica revisar currículos, modelos de tutoría, políticas de evaluación y gestión de datos desde preguntas que las máquinas no pueden formular: ¿qué tipo de forma de pensar estamos privilegiando cuando organizamos el aprendizaje?, ¿qué voces quedan fuera cuando decidimos cómo usar los dispositivos o la IA?, ¿qué imagen de conocimiento y de autoridad consolidamos cuando diseñamos un plan digital? En última instancia, estas decisiones se concretan en el Proyecto Educativo de Centro, en el plan digital y en las estrategias de formación del profesorado, pero nacen de una toma de posición previa sobre el papel de las humanidades en la escuela.